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Filosofía para jóvenes y mayores

¿Cómo hemos llegado a esto?

CASI no hay día en que no nos sobresaltemos por el contenido de noticias que refieren actos de violencia cometidos por jóvenes, adolescentes y hasta púberes. Por mi oficio, no pocas veces se me pregunta por la cuestión, y se suele rematar la consulta con un ¿cómo se ha podido llegar hasta aquí? No es fácil establecer el itinerario. Pero si nos fijamos en ciertos aspectos de la vida de los muy jóvenes, algo se puede intuir.

No es inusual que los chicos pasen tres o cuatro horas al día delante de la televisión, ni son escasos los que tienen un aparato de televisión en su cuarto, con lo que la cuota de atención a la pantalla se incrementa y, en buena parte, se sustrae del control de los padres. Es cada vez más frecuente encontrar chicos y chicas que, en las más variadas situaciones, están conectados a unos cascos por los que reciben una y otra vez el mismo tipo de música, y que les permite a la vez seguir ajenos a lo que ocurre a su alrededor. Con o sin cascos, es raro el chico mayor de doce años que no tiene un móvil. Esta es otra vía de aislamiento y de satisfacción inmediata y autónoma de deseos: llamadas, mensajes, envíos de fotos y vídeos, juegos, melodías, etc. El móvil es como el ordenador, pero en utilitario. Este teléfono –inmóvil, por otra parte– absorbe otro buen montón de horas, que desfilan delante de esta nueva pantalla en las actividades ya dichas. En una de ellas –el envío de mensajes– se destroza en poco tiempo lo poco o mucho que de ortografía hayan aprendido en el colegio o instituto. En resumen, y según algunos estudios, mientras el tiempo de escolarización de un chico que no vaya a la Universidad se puede estimar en 10.000 horas, el que pasa en las actividades que acabamos de describir rebasa las 12.000 y puede llegar hasta las 15.000.

Las nuevas generaciones son más autónomas. A partir de los 9 ó 10 años ya deciden cómo se visten, qué se ponen y qué no, qué se compran o se dejan de comprar. Paralelamente, las madres y los padres bendicen al inventor del uniforme. A partir de los catorce años, en lógica subida de escalón, se acepta como inevitable que la criatura se perfore la epidermis para engancharse uno o más colgantes o que se tatúe. Al fin y a la postre, la piel no deja de ser un vestido y si deciden sobre el anterior, ¿por qué no lo van a hacer sobre éste?

Es corriente que a partir de los 14 años se empiece a salir después de cenar, y después de los 16 esté mal volver a casa antes de las tres de la madrugada. Como la noche es larga, y a veces desapacible, ¿cómo no se va a beber un poco? En este campo hemos de reconocer que hemos desarrollado tecnología punta: bebidas baratas, tenderos bien dispuestos a proporcionarlas, autoridades que se inhiben, buena y multitudinaria compañía –nada del sentimiento de culpabilidad de que nos sobrevenía cuando los mayores de ahora hacíamos entonces algo prohibido, siempre a escondidas o con muy pocos amigos–, un buen marco urbano y la salubridad del aire libre. Y en este ambiente, y ya que se bebe, se fuma, se mete uno en el cuerpo otras cosas y ciertas barreras de la timidez o del pudor también se derriban.

Con estos antecedentes, ¿cómo no se van a poner nerviosas las criaturas estando horas –es un decir– delante de un libro que no canta, con imágenes que no se mueven, con asuntos que no le interesan y que, sin embargo, tienen que aprender? ¿Y cómo han de reaccionar ante un profesor que en bastantes casos emplea como herramientas de última generación la lengua y la tiza?

Se me puede argüir que extiendo la sospecha a todos los jóvenes cuando lo que acabo de escribir sólo se puede predicar de una parte de los mismos. De acuerdo, pero permítanme hacer tres observaciones. Una: ¿comparamos el número con el de hace diez años y hacemos una proyección de esa tendencia? Dos: claro que son minoría, pero ¿esperamos a que sean mayoría para intentar arreglarlo? Tercera y última, es claro que cuando uno se cae no se hace daño: cuando se lo produce es al toparse con el suelo.

Tal vez lo más desasosegante sea no encontrar salida a la situación ... porque no hay culpables. Las empresas de comida basura no son una agencia de buena alimentación. Si a nuestros hijos les gusta atiborrarse de colesterol y bebidas azucaradas lo harán por su propia decisión, nunca porque alguna de estas franquicias les obligue. Las televisiones ofrecen aquello que sus televidentes consumen. Los programadores de videojuegos no son unos cruzados de la educación del espíritu, sino unos honrados comerciantes que aplican, sin más, las reglas del mercado. La industria discográfica subviene la necesidad de tener ídolos y marca estelas y modas; los programas de intercambio de archivos abaratan los precios. ¿Qué puede hacer la familia ante la presión de los medios, de la tele, de los amigos? ¿Cómo va a dejar que su hijo sea el único que no hace lo que hacen los demás? ¿Y la escuela? Tampoco sale tan malparada, a la vista de la mercancía que ofrece: pongan por un lado la movida, el videojuego, las aventurillas, el alcohol, etc., y por el otro la oferta de los centros escolares: el álgebra, Descartes, la Revolución Francesa, estar sentado varias horas seguidas, madrugar. No, no escapamos mal. Tampoco es ella culpable. ¿Lo serán la sociedad o el Estado? Hombre, por principio, la sociedad es la culpable de todo, pero si uno considera que está formada por las piezas a las que antes le hemos quitado la responsabilidad, entonces evidentemente no puede serlo. La suma final no es posible que supere la agregación del valor de los sumandos.

¿Entonces? En alguna parte ha debido surgir el problema. Pues sí, naturalmente, pero a mí sólo me queda París. Como todo el mundo sabe, de allí vienen los niños. Allí es donde los fabrican. De unos años hacia acá ha debido de haber un fallo en el diseño.

 

(Bonita demostración de que en verano hay tiempo para algo más que para dormir, playa y fútbol.
¡Señor@s, usen sus neuronas y hagan juego!)
Gracias Sheila, que lo sacó de www.diariodesevilla.com.

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