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Filosofía para jóvenes y mayores

Fin de curso: Cena de gala

Fin de curso: Cena de gala
Se ha acabado el curso. Y ahora es el momento de celebrarlo, aunque para unos haya ido de forma distinta que para otros, lo hemos pasado juntos y aquí estamos. Eso es ya para celebrarlo.
Voy a decir sólo tres cosas. La primera es un apunte de mi biografía personal. Después os voy a contar un encuentro imposible y terminaré con un consejo.

De mi biografía personal. Para vosotros estos años han sido especiales, únicos pues son los únicos en el instituto, ya que luego pasaréis a otra cosa. Para los profesores no es lo mismo, pues lo que vosotros vivís por vez primera y única en los profesionales de la educación no deja de haber algo de rutina.
Pues bien, para mí ha sido también algo novedoso. En el Llombai era la primera vez que yo he estado más de un año como profesor en un centro, de modo que también he visto por vez primera lo que es el ver pasar un año y luego otro y luego otro en el mismo centro. Es lo que ha hecho que vea estos años con una cierta ingenuidad que invito a los que llevan más tiempo en el oficio a recordar otra vez. Es muy dulce. Eso es lo que me ha permitido, salvando las distancias, sentirme con una cierta frescura en este paso de años. Es lo que me ha hecho sentirme un poco como vosotros, pues la inocencia se pierde solo una vez. La próxima vez que yo repita esa situación ya no será lo mismo, ya no será la primera vez.
Es ése parecido el que me hizo pensar en qué es lo que podía decir ahora, en unas palabras en un acto como éste. Dado el parecido entre ambas situaciones se me ocurrió la osadía de preguntarme qué es lo que podría decir, no ya a vosotros, que os he visto un montón de horas y os he dicho un montón de cosas, sino a mí mismo, al que yo era cuando tenía la edad que tenéis ahora. ¿Qué podría decirme a la persona que yo era con dieciocho años? Si me pudiera ver un momento, ¿qué me contaría?
Soy muy consciente, lo veo cada día, de que con dieciocho años uno entiende las cosas muy mucho desde su propia perspectiva, así que lo que podría decirle al que fui nunca podría ser en el tono de aconsejar nada, o decir cómo ha de ver las cosas o actuar. Como mucho, aceptaría algo del tono de “piensa en esto”, o “date cuenta de…”, “a mí me parece que esto es importante, mira tú como lo ves…”

Ahora estoy en ese encuentro imposible que os decía. Me imagino una conversación con ese que fui con la edad que tenéis ahora. Imaginaos vosotros hablándole al niño o niña de ocho años que habéis sido. Sería fantástico. Me imagino tal vez hablando del “conócete a ti mismo” del Oráculo de Delfos o de Platón y diciéndole (diciéndome) que la verdadera realidad no es esa de objetos físicos entre la que nos encontramos, sino que fuera de la caverna sí que hay algo. Si saliera Descartes seguro que hablábamos también de Calderón de la Barca y de que la vida puede no ser más que un sueño. Acerca de Kant no creo que discutiéramos si la metafísica deja de ser una ciencia por no estar hecha de juicios sintéticos a priori, sino que tal vez comentáramos su epitafio: “Dos cosas hay que más me maravillan cuanto más pienso en ellas: el cielo estrellado por encima de mí y la ley moral dentro de mí.” Sobre Nietzsche seguro que coincidíamos en que los valores han de ser creados por cada uno y no simplemente aceptados sin más. Pero como en esa ficticia conversación no imagino que hubiera mucho tiempo, pongamos que le pudiera decir solo una cosa. Me viene a la cabeza algo que oí no hace mucho tiempo.
Es sabido que las cosas no son como nos dicen los sentidos. Bien sabemos que nos engañan. Ni la tierra está quieta, ni nosotros estamos hechos de materia. Los astrónomos nos dicen que la tierra se está moviendo en un enorme sistema solar que está en la periferia de una galaxia provinciana. Los físicos dicen que estamos hechos de átomos y según ese modelo atómico somos prácticamente todo vacío, con unas pequeñísimas partículas de materia de gran energía, que son las que hacen que mi mano ahora no atraviese la mesa. Pues bien, vamos a poner que todo eso es cierto. Vamos a poner que somos un montón de átomos.
Esa teoría que oí hace poco decía que estamos constantemente intercambiando aquello de lo que estamos hechos, da lo mismo que sea materia o energía, con nuestro entorno. De modo que parte de lo que soy pasa a ese árbol que está ahí, o a un animal, o a una flor. Puede que suene raro. Pero lo que sí que está claro es que partes de nosotros pasan a otras personas. No estoy hablando de que nos acordamos unos de otros, de que vivimos en los recuerdos o conversaciones de otros, sino de que, realmente parte de lo que somos pasa a otros. Si estoy alegre esa alegría pasa a los que están a mi alrededor, si estoy triste, nervioso o tranquilo, abatido, desasosegado o exultante. Y eso lo he visto en estos años. Por activa y por pasiva.
Estos años he visto cómo parte de lo que soy yo, no hablo de conocimientos, pasaba a los que estaban a mi alrededor, del mismo modo que yo pasaba a ser algo de lo que ellos y ellas eran. Lo he visto al compartir experiencias, alegrías, frustraciones e ilusiones. Aprendo de alguien a sentir de una manera, de otro cómo vestir, cómo usar una expresión, cómo comunicarme. Vamos siendo lo que vemos y sentimos en los demás, eso es lo que nos hace. Y es fabuloso. Hoy me apunto un libro de alguien. Ayer, cuando alguno de vosotros daba una clase de las que varios disteis a los de primero de bachillerato, veía que me había robado mis gestos, que usaba algo que era mío, del mismo modo que yo lo había robado de otra persona.
Nos pasamos las cosas unos a otros. Aprendemos unos de otros constantemente. Si los que nos llamamos profesores hemos hecho más recorrido, los que os llamáis alumnos tenéis una frescura y una insolencia que a veces, sin que os deis cuenta, os permite pegar saltos de gigante y plantaros donde nadie hubiera sospechado. Lo hacéis porque no sabíais que era imposible. Aprendemos todos de todos y yo he aprendido mucho de vosotros. En estos años en los que, como decía, mi ingenuidad no ha sido la vuestra, pero no ha dejado de ser ingenuidad.
Todo esto es algo de lo que me gustaría hablar con ese yo que fui, y que no es fácil que me encuentre. Pero me ha servido para pensar algo que tiene mucho que ver con esos años que hemos vivido juntos. Ha sido muy chulo. Gracias.
Ahora bien, como quien tengo delante ahora es a vosotros, es a vosotros a quienes he de dirigirme.. En un acto como éste resulta obligado, y lo hago con mucho gusto, dar las gracias por todo lo que me habéis aportado, por haberme dado partes de vosotros y haber recibido partes de lo que yo soy. Gracias. Eso sí, ahora que estáis todos calladitos como no acostumbro a veros, no voy a reprimirme de dar un último consejo. Y por si alguno no está atento voy a dar dos.

El consejo que os daría es el de un pequeño cuento, creo que zen, en el que un discípulo pide al maestro un consejo que le valga para toda la vida. El maestro le mira, sonríe y le dice: “Estate atento”. El discípulo, queda algo despagado y anhela un poco más de sabiduría, por lo que sigue preguntando: Bien, maestro, vale, pero dime otro. La respuesta del maestro es doblemente sabia: ·Estate atento, estate atento”.
Muchas gracias por todo. Ha sido una etapa divertida y enriquecedora. El musical ha durado tres años. Nos vemos en la cena.
Gracias.
 
PD. El regalo me impactó. Vosotros sí que sois una caña.
 
El resto de las fotos aquí
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